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Arme su tour por el cordón amurallado de Cartagena

En las murallas hay turistas, mariamulatas, parejas de enamorados, jóvenes que juegan a trepar entre las piedras y un vendedor de mango, que desde hace 35 años le dicen “Pacho”, aunque se llame Ángel. En Las Murallas hay un silencioso sentimiento de sosiego que se mezcla con la brisa; un sentimiento impensable para los militares, que hace más de un siglo y medio, lucharon tras estas piedras con el sólo propósito de izar la bandera del Estado Soberano de Cartagena de Indias.Murallas de CartagenaEsta imponente edificación de piedra coral, cemento y cal, que tuvo como finalidad la protección de la ciudad, tardó más de dos siglos en construirse -desde 1586 hasta 1796- y su levantamiento pasó por la dirección de Bautista Antonelli, Cristóbal de Roda, Francisco de Murga, Juan Betín, Don Juan de Herrera y Sotomayor y, finalmente, Antonio de Arévalo.

Fueron muchos los tiempos y los nombres que con la ayuda del temor y la astucia alzaron esta fortificación que rodea el Centro Histórico. Fascinada por la idea, y aprovechando las tardes en que la lluvia da tregua, caminé lentamente 400 años de historia que camuflan las victorias y las derrotas en toneladas de mineral.

Hay quienes dicen que es difícil saber a qué distancia ver las ciudades, yo por mi parte, y un poco por parte de la curiosidad morbosa, cada vez que puedo trato de verlas lo más cerca posible. Para así, poder detallar las cicatrices, los olores, las sonrisas escondidas y, sobre todo, la amabilidad inesperada. Esa decencia sutil que me sorprendió al inicio de mí recorrido en el Baluarte de Santa Catalina. Allí, escondiéndose del feroz sol naranja de las cuatro estaba “Pacho”, un vendedor de mango, de unos 75 años, que sin insistir en su mercancía me comentaba cómo las murallas eran su abrigo los días en que no había colegio.Murallas de Cartagena Resulta curioso que me diga que las murallas, allí donde el sol se expone más descaradamente, son su “abrigo”, pues etimológicamente este es el origen exacto de la palabra: Apricus, lugar expuesto al sol. Pero no hace falta caminar mucho para ver que “Pacho” no es el único que entiende el lenguaje de las murallas. Los enamorados que se acurrucan en las salidas de los cañones, parecen tener claro que estas piedras son el mejor “nicho de amor”, para todos los románticos empedernidos que no dejan pasar oportunidad.

Esa escena de romanticismo caribeño siempre me ha parecido lo más original de nuestras murallas, tal vez porque desde pequeña ese despliegue público de pasión era lo más adecuado para describir nuestro Corralito de Piedra. Pero pasión es lo que nos sobra, y acá, por lo que observo, se extiende por ambos lados de Las Murallas.

Al continuar caminando, me inclino mirando la Avenida Santander para sentir con fuerza la brisa del mar, esperando que ayude a refrescarme, y veo que allí en unas canchas improvisadas hay dos grupos entrenando para un partido de fútbol. Pasión, eso es, porque con el sol imponente y la brisa que se arrepentía de soplar, no existe otra palabra para describir las ganas que tenían esos hombres de jugar.

El sol empezaba a amainar y los turistas, que también se pasean al son de las olas del mar y el zumbido del viento, empiezan a salir con sus cámaras para captar el momento exacto en que la imagen se asemeja a una hermosa postal. A mi lado pasa el primero, un señor de camisa amarilla que trae el recuerdo del sol en su tez blanca. Camina parsimónico con su sombrero panameño, y sin saberlo, en un instante recrea una perfecta imagen de sincretismo cultural.Murallas de CartagenaLa sincronía es en Las murallas otra de las palabras clave. El ritmo de mis pasos y el paso de los coches parecen estar destinados a acompañarse pacíficamente con el silbido del viento. Incluso el ruido de los carros al pasar por la avenida están bienvenidos en la sinfónica de Las Murallas. No me extraña por eso, observar entre las coyunturas de la fortaleza a varios lectores sumidos en las historias de sus libros.

Ahora, después de haber pasado por el Baluarte de Santo Domingo y llegando finalmente al Baluarte de los Cestones, la tarde empieza a complacerme y a darme una razón más para revivir este pequeño recuerdo de Cartagena, una y mil veces. El cielo que antes mostraba un sol implacable, ahora muestra un colorido lienzo de nubes espumosas y trazas brillantes de luz. Es un momento pequeño en el que me encuentro dentro de la postal.Murallas de Cartagena Mi recorrido se acaba, y mientras bajo por la rampa del último baluarte, escucho cómo un guía turístico empieza a explicarle a un grupo, que las murallas fueron la mejor estrategia para derrotar a la flota inglesa que traía casi 30.000 hombres a bordo. Y yo no lo dudo, aunque de las grandes victorias bélicas y los esfuerzos de los esclavos que construyeron esta fortaleza solo queda la huella de la piedra, no se puede caminar estos kilómetros de mineral marino sin pensar que un sentimiento grande dirigía esta obra. Pasión, temor, astucia o simple inteligencia. Lo cierto es que hoy, como todo lo bueno que se añeja, las murallas respiran la paz concedida por los años.
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